En España existe cierto tipo de lugar que los turistas nunca llegan a descubrir del todo; no porque carezca de atractivos, sino porque se sitúa entre las ciudades más famosas y sigue su propio ritmo con discreción. Uno de esos lugares es La Bañeza. Con una población de unos 10.200 habitantes y una historia que se remonta mucho más allá de la Edad Media, se encuentra enclavada en el sur de la provincia de León, rodeada de tierras de cultivo llanas y las lejanas estribaciones de los Montes de León. La mayoría de los turistas no se detienen al recorrer la antigua Vía de la Plata romana, que conecta Mérida con Astorga. Se pierden esa experiencia.
La localidad posee una larga historia. Los romanos transportaban tropas y mercancías por lo que llamaban el Conventus Asturum mucho antes de que el lugar tuviera un nombre memorable. Según las crónicas, en el siglo IX el conde Gatón ordenó ampliar el asentamiento que acabaría convirtiéndose en La Bañeza, uniendo dos pequeños núcleos: uno habitado por vecinos de Pereje y otro por mozárabes cordobeses. Para un lugar que siempre ha parecido atraer diversas influencias y transformarlas en algo propio, esa mezcla de orígenes resulta muy apropiada.
Ya en el siglo XVI, La Bañeza era una de las villas comerciales más importantes de Castilla y León y sede de un marquesado. Un dicho popular local —que viene a decir que “Dios hizo el sábado, los monjes el mercado y los comerciantes la villa”— resume a la perfección cómo se percibe la propia comunidad. El pragmatismo y el comercio siempre han sido fundamentales. En 1896, cuando la reina regente María Cristina otorgó oficialmente a la localidad el título de ciudad, llegó el ferrocarril Plasencia-Astorga, desencadenando una oleada de crecimiento que transformó por completo el casco urbano.
Al pasear hoy por las calles de La Bañeza, es imposible no percibir las múltiples capas de la ciudad, que se muestran sin pretensiones. Se dice que el interior de madera tallada de la iglesia de Santa María, situada en la Plaza Mayor, deja boquiabiertos a quienes la visitan por primera vez. Su exterior no revela gran cosa, y esa es precisamente parte de la intención.
Muy cerca, el Museo de las Alhajas ocupa un pequeño edificio de estilo art nouveau que bien merece una mirada detenida. Alberga más de 3.000 piezas de joyería tradicional e indumentaria popular de los siglos XVI al XIX. La localidad parece no haber sentido nunca la necesidad de promocionar a bombo y platillo sus tesoros.
A continuación, el arte urbano. La Bañeza se ha consolidado como uno de los destinos de arte urbano más destacados de esta región de España, gracias a una mezcla de planificación intencionada y crecimiento espontáneo. El festival anual ArtAeroRap, que se celebra cada mes de agosto y atrae a artistas de toda España y del extranjero, es el artífice de los más de doscientos murales repartidos por la ciudad.
En su año de selección, el sitio web Street Art United States eligió uno de estos murales como una de las diez obras de arte urbano más impactantes del mundo. Es un reconocimiento extraordinario para una ciudad de 10.000 habitantes, que convive en armonía con la Plaza Mayor y las antiguas iglesias de piedra.
Lo cierto es que La Bañeza cobra especial vida en agosto. Para una localidad española de este tamaño, las fiestas patronales ofrecen algo único: una carrera de motos que transcurre íntegramente por las calles de la ciudad.

Con una trayectoria que ya abarca seis décadas, el Gran Premio Ciudad de La Bañeza es una de las pocas carreras de motos en circuito urbano que se celebran en España. Según la cuenta de Instagram de la ciudad, el evento congrega a más de 80.000 personas. Durante un fin de semana, La Bañeza se transforma por completo: multitudes abarrotan calles que normalmente estarían tranquilas un domingo por la mañana, mientras el rugido de los motores resuena contra las fachadas de los edificios.
En La Bañeza, la gastronomía siempre sale a relucir, por lo que merece un párrafo aparte. Las ancas de rana son la especialidad local y se sirven con una salsa exclusiva de la zona. Según una teoría, fueron las tropas de Napoleón quienes introdujeron el gusto por este plato durante la Guerra de la Independencia Española, a principios del siglo XIX. No está claro si se trata de una leyenda conveniente o de un hecho histórico, pero el plato ha perdurado. Las alubias de la región, conocidas como «alubias de riñón», cuentan incluso con su propio museo.
Las pastelerías elaboran artesanalmente y en pequeñas cantidades los «imperiales» y dulces de yema; son productos cuya distribución se limita a una zona concreta debido a su difícil transporte. No todo el mundo quiere viajar a La Bañeza. Carece tanto de un museo famoso con entradas de acceso programado como de una catedral con cola en la puerta. Posee una esencia auténtica, fruto de que la gente ha vivido en la misma zona durante más de 1200 años, creando, perdiendo y adaptándose. La Ruta de la Plata ofrece algo más perdurable que una simple sucesión de atracciones turísticas para aquellos dispuestos a recorrer sin prisas el curso del río Igueño y las llanuras agrícolas. Transmite la sensación de ser un lugar consciente de su propia identidad.

