Hay momentos en los que sabes que algo nunca volverá a ser igual. No sucederá de golpe, sino poco a poco, a medida que las cifras van aumentando y los mapas se tiñen de negro. No se trata solo de un récord: más de 77 000 hectáreas han ardido entre Ávila, Madrid y Toledo. Son bosques, pastos, castañares centenarios y pueblos que llevan allí mucho tiempo. Es posible que muchos españoles no comprendan del todo la gravedad de lo ocurrido hasta dentro de unas semanas, cuando el humo se disipe y las imágenes de satélite dejen de actualizarse cada hora.
El incendio de Burgohondo comenzó el 22 de julio de 2013. Durante las primeras horas, parecía un incendio más, de esos que aparecen en las noticias cada verano pero que no causan grandes problemas. Pero el viento tenía otros planes. El viernes, los vientos superaban los 65 kilómetros por hora, lo que hizo que las llamas se desplazaran de formas que los bomberos no siempre podían prever. El incendio cambió su comportamiento, pasando de ser un incendio forestal a algo más difícil de describir. El domingo ya abarcaba unos 160 kilómetros de perímetro.
Al mismo tiempo, otro frente avanzaba por la Sierra Oeste de Madrid de una forma que tenía sentido. Solo en esa zona, ardieron más de 19 000 hectáreas de terreno. El foco más importante se desplazó hacia el embalse de San Juan, donde se concentraron la mayor parte de los esfuerzos de los recursos aéreos y terrestres el lunes. Ver un embalse rodeado por el fuego resulta inquietante, tanto por lo que supone para el suministro de agua como por lo que revela sobre el paisaje. No siempre fue tan peligroso en estas montañas.

Hace días que Idoia, que vive en Sotillos de la Adrada, volvió a tener cobertura en Talavera de la Reina. El sábado se la llevaron. Esa localidad de Ávila es donde ha vivido toda su vida y donde tiene animales y propiedades. Pero ella no habla de nada de eso en primer lugar cuando cuenta lo sucedido. Empieza diciendo que sus vecinos están solos y que algunos se quedaron atrás para ayudar. Necesitan baterías portátiles y comida que no se estropee rápidamente. Las baterías portátiles son el mejor ejemplo de lo que realmente está ocurriendo en esos pueblos.
Unas cincuenta personas que vivían en Sotillos decidieron no marcharse. Algunas personas se encontraban en las montañas cuando se les ordenó evacuar y no lograron bajar a tiempo. Otras se quedaron para cuidar de sus animales. Juan Pablo Martín, el alcalde, sigue allí haciendo lo que puede para que todo funcione sin problemas. No quiere hablar con la prensa hasta que se extingan los incendios. El hecho de que sean tan cautelosos en medio de todo el caos mediático dice mucho de las personas que realmente están soportando el estrés de esta crisis.
Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, dejó claro el lunes que el martes y el miércoles son días muy importantes antes de que llegue una nueva ola de calor. Según el informe de las 7 de la mañana del martes, las labores nocturnas para extinguir los incendios tuvieron éxito, gracias a las temperaturas más frescas y a la mayor humedad. Pero estos momentos de calma no durarán mucho. El calor volverá. Y con él, el riesgo que conlleva. Castilla y León ya ha emitido su cuarta alerta meteorológica por incendios forestales de este verano. Se prevé que la temperatura oscile entre los 36 y los 39 grados centígrados, y que la humedad pueda descender por debajo del 10 %.
La localidad de Almorox, en Toledo, que cuenta con algo más de 2.500 habitantes, aparece en esta noticia de forma inquietante. Es el tercer incendio que sufre el edificio desde 2019. En el barrio se rumorea que el culpable es un vecino que hace barbacoas, pero nadie tiene pruebas. El hecho de que este pueblo siga apareciendo en las noticias por el mismo motivo es, sin duda, señal de un problema estructural que va más allá de una simple chispa que no se apagó correctamente.
Cada verano, España se vuelve más calurosa. No es un descubrimiento nuevo, pero esta vez las cifras superan cualquier nivel anterior. Trump afirmó que los veranos son «cada vez más difíciles y mortíferos» y que la emergencia climática es una «prioridad nacional». Son palabras que quedan bien en un contexto empresarial. Mientras los aviones cisterna sigan sobrevolando las montañas, nadie ha explicado qué significa esto realmente en términos de presupuesto, planificación forestal y gestión del territorio. Seguimos sin entender la respuesta.

