A los grandes atletas los distingue de los meramente talentosos cierto tipo de obstinación. En el mundo de la tauromaquia, a Andrés Roca Rey se le conoce simplemente como Roca Rey. Él posee esa cualidad en tal medida que sigue asombrando a quienes siguen de cerca su trayectoria. Un toro lo embistió en plena faena durante una corrida en Nimes (Francia) en septiembre de 2026; el animal lo lanzó por los aires y le provocó una herida visible en la barbilla que sangró ante el público.
Él se levantó. No se rindió. Tras cortar la oreja del sexto toro, salió a hombros por la Puerta de los Cónsules. Para este hombre, eso es algo cotidiano; no se trata de un análisis de su carácter.
Roca Rey nació en Lima (Perú) en octubre de 1996, en el seno de una familia con una tradición taurina tan arraigada que, para los ajenos al entorno, el destino parecía inevitable. Su abuelo estaba al frente de la Plaza de Acho, la legendaria plaza de toros de Lima. Uno de sus tíos era rejoneador. En 2005, su hermano mayor, Fernando, decidió hacerse matador.
No obstante, su madre hizo todo lo posible por evitarlo. Con la esperanza de que otra actividad despertara su interés, inscribió al joven Andrés en clases de tenis y golf. De hecho, el golf sí cuajó: sigue siendo uno de sus verdaderos placeres cuando no está en la playa. Pero los toros nunca lo soltaron. A los siete años ya había lidiado su primera becerra. A los once, se enfrentó a su primer novillo.
Tras conocer al maestro Campuzano a los catorce años, dejó Perú definitivamente y viajó a Badajoz para formarse en su escuela taurina. Los años siguientes transcurrieron con seriedad y disciplina: estudios durante la semana, tentaderos los fines de semana y un aprendizaje gradual del oficio, lejos de su familia y de su país. A los dieciséis años, ya residía en Sevilla, en la casa de la familia Quinta Picador. Resulta inevitable imaginar lo que debió de suponer para un adolescente limeño intentar ganarse la aceptación en una sociedad que vive sus costumbres taurinas con un fervor casi religioso.
Se lo ganó a pulso. Con Juan Bautista como testigo y Enrique Ponce como padrino, Roca Rey tomó la alternativa como matador de toros el 19 de septiembre de 2015 en Nimes, la misma ciudad donde, once años más tarde, sufriría una herida en la barbilla. Los toros pertenecían a la ganadería de Victoriano del Río. Cortó una oreja. Tenía dieciocho años. En septiembre del año pasado, celebró el undécimo aniversario de aquel momento sentándose con sus padres, abriendo una botella de Valbuena 5 de Vega Sicilia (la añada de 2015, el mismo año de su alternativa) y compartiendo dos fotografías con un pie de foto directo: «Con los mejores».
La historia de su familia resulta, por sí misma, sutilmente fascinante. Su padre, Fernando Roca Rey Müller, trabajó en el sector inmobiliario y en el negocio del algodón antes de asumir el papel de asesor financiero de su hijo. Su madre, Mercedes Valdez, gestionaba fondos de pensiones. Aunque residen en Lima, viajan a menudo a España para acompañar a Andrés.

Su hermano, Juan José, dejó el mundo del toro para dedicarse a la ingeniería industrial, el marketing y el sector fintech; de niño, admitía abiertamente que la tauromaquia le aburría. En privado, escribe narrativa y poesía. Juan José se labró su propio espacio de tranquilidad en una familia donde el hijo mayor se hizo torero y el menor se convirtió, tal vez, en el matador más célebre del mundo. Fernando llama a Andrés «el arma secreta», un apodo que resume el papel de cada miembro de la familia; a Juan José, simplemente le dicen «el financiero».
Más allá de una valentía que hoy resulta casi habitual, lo que realmente distingue a Roca Rey es el impacto cultural que ha logrado. En el Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 2024, el documental Tardes de soledad, dirigido por Albert Serra y centrado en su figura, se alzó con la Concha de Oro a la mejor película.
Un documental sobre tauromaquia ganando uno de los galardones cinematográficos más prestigiosos de Europa: eso dice mucho sobre la relevancia del tema. La revista The Critic lo ha calificado como «posiblemente el mejor torero del mundo y, sin duda, el más popular». Es el tipo de afirmación que haría un agente de relaciones públicas, pero que, en este caso, parece reflejar un auténtico consenso entre la crítica. Mantuvo una reunión privada en el Vaticano con el papa León XIV —quien había residido anteriormente en Perú— el Miércoles de Ceniza de 2026.
Tana Rivera, pareja suya desde esta primavera, es bisnieta de Antonio Ordóñez, hija de Francisco Rivera y nieta de Paquirri. Ofreció una respuesta concisa y precisa al ser preguntada por la relación y por lo que sabía del mundo de él: «Llevo los toros en la sangre». Esa coincidencia de linajes podría parecer un cuento de hadas creado para la prensa rosa en otra vida; en esta, parece simplemente el encuentro de dos personas pertenecientes a un mismo mundo, peculiar y singular.
Roca Rey sigue toreando. Logroño, Sevilla, Úbeda y Valencia figuran en su calendario de 2026. Tiene veintinueve años, lleva once como matador profesional y no muestra señales de bajar el ritmo. La herida que sufrió en la barbilla en Nimes sanará. Siempre sana.
