Hay partidos que se recuerdan por su resultado. Además, hay otros que se recuerdan por su importancia. Mariano Navone derrotó a Novak Djokovic en cinco sets en el Arthur Ashe Stadium de Nueva York el lunes 1 de septiembre de 2026, cerca de la medianoche, con los marcadores de 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1. Fue algo más que una simple victoria. Es poco probable que cualquiera de los que estaban en esas gradas lo olvide pronto.
Navone tiene veinticinco años. Tras haber jugado torneos Challenger en Lima, Montevideo y Rosario durante la mayor parte de su carrera, llegó a Flushing Meadows sin ser cabeza de serie y ocupando el puesto 49 del mundo. No encaja exactamente en la descripción de la persona que pone fin a la racha de victorias sin precedentes de Djokovic en el US Open. Y, sin embargo, allí estaba. Sudando bajo las brillantes luces del estadio de tenis más grande, enfrentándose al jugador al que siempre había admirado y triunfando.

Es difícil pasar por alto lo peculiar que debe de ser esa circunstancia. En Nueva York, Djokovic había ganado cuatro títulos. En sus veinte participaciones en el torneo, nunca había perdido en la primera ronda. Cuando Navone tenía solo cinco años, en 2006, sufrió su última derrota en la primera ronda de un Grand Slam en el Abierto de Australia. Este chico argentino, que había crecido viendo jugar al serbio, estaba ahora a punto de romper esa racha.
Especialmente para Djokovic, el partido fue brutal y se alargó mucho. En los dos últimos sets, el serbio de 39 años perdió claramente movilidad, vomitó durante el partido y necesitó atención médica por dolores en el hombro y la espalda. Tras perder el primer set, se recuperó y se puso 2-1 por delante en los sets intermedios del partido. En el cuarto, llegó incluso a tener una ventaja de un break. Sin embargo, algo cambió.
Navone se mantuvo firme. Siguió corriendo, golpeando con fuerza y compitiendo como si el resultado no le importara en absoluto. «Por el respeto que le tengo, al principio, cuando iba 0-3, estaba un poco nervioso», comentó Navone tras el partido. Tiene sentido. Por muy tranquilo que seas, no puedes jugar al tenis en el estadio más grande contra tu ídolo con total serenidad. Sin embargo, algo en Navone era diferente aquella noche. Quizá fuera su agresividad desde la línea de fondo, o quizá su capacidad para mantener largos intercambios. De hecho, el marcador fue de 6-1 en el quinto set. La remontada no estuvo reñida. Fue contundente.
Djokovic cometió 70 errores no forzados al final del partido. Esa cifra lo dice todo de un jugador famoso por su consistencia casi robótica desde la línea de fondo. Resultó incómodo escuchar la franqueza con la que se dirigió a los medios tras el partido. Afirmó que había detestado prácticamente cada segundo que pasó en la pista. Habló de dolor, calambres y náuseas. Admitió que ha tenido que lidiar con estos problemas en prácticamente todos los partidos de esta temporada. Oírle decirlo así resulta deprimente, porque Djokovic parecía inmune a ese tipo de vulnerabilidad durante muchos años.
Por otro lado, fue la noche más importante de la carrera deportiva de Navone. «Es la mejor sensación que he tenido nunca en una pista», comentó, casi sin saber qué decir. Y sabes que las palabras no pueden plasmar ese momento. En el estadio de tenis más emblemático, cinco sets contra el hombre considerado por muchos como el mejor de todos los tiempos, pasada la medianoche en Nueva York. Las carreras se definen por este tipo de noches.
Navone se enfrentará ahora a Matteo Berrettini en la segunda ronda. Su andadura en el torneo aún continúa. Queda por ver hasta dónde puede llegar este argentino, que surgió de la nada y fue el mejor jugador del mundo al menos durante una noche.

