Y luego están los artistas que envejecen bien, se retiran por todo lo alto y dejan que el tiempo decida por ellos. Miguel Bosé nunca ha sido uno de ellos. Sigue siendo difícil pasar por alto al cantante y actor de la Ciudad de Panamá, a pesar de que ya tiene 70 años. A veces es por razones equivocadas, pero nunca del todo por las correctas.
Como muchas grandes historias, la suya comienza con un apellido que significa algo. Es hijo de Lucía Bosè, la bella actriz italiana, y de Luis Miguel Dominguín, el torero más famoso de su época. No es un punto de partida neutro. Es un don que puede hundirte o ayudarte a seguir adelante. Bosé hizo ambas cosas, pero en momentos diferentes de su vida.
El joven Miguel aún intentaba encontrar su propia voz en 1975, cuando Camilo Sesto lo empujó al escenario. Tenía que lidiar con el glamour que le confería su familia y con la incertidumbre que conlleva saber que los focos lo seguirían a todas partes. A partir de ahí, construyó una carrera basada en el instinto y en asumir riesgos. Canciones como «Bandido», «Aire Soy» y «Si tú no vuelves» se convirtieron en clásicos entre los hispanohablantes de muchas generaciones. Incluso cuando no lo buscas, esas melodías siguen haciéndote sentir algo.

Durante muchos años, Bosé fue música, cine y presencia. Trabajó con directores como Pedro Almodóvar y en producciones europeas que se salían de lo que suele hacer un cantante pop. Era un actor de verdad, o al menos lo hacía tan bien que nadie lo ponía demasiado en duda. Ser a la vez una estrella y un actor, y además un actor que también sabe cantar, le confería una profundidad que pocos artistas de su época podían igualar.
Pero algo cambió en algún momento, aunque es difícil decir exactamente cuándo. Durante la pandemia de la COVID-19, Bosé utilizó sus redes sociales para atacar abiertamente las vacunas y difundir ideas que rozaban la teoría de la conspiración. El daño fue considerable. Algunos de sus seguidores, que llevaban años a su lado, lo miraban con sorpresa o incluso con decepción. No se trataba de una postura artística ni de un insulto premeditado. Parecía haber algo más personal, más profundo y quizá incluso más inquietante detrás de todo ello.
Estamos en julio de 2026 y España está sufriendo los peores incendios forestales que se recuerdan en los últimos tiempos. Solo en Madrid y Ávila se han quemado más de 50 000 hectáreas en tan solo cinco días. Bosé volvió a desatar la polémica. En una publicación de Instagram, criticó a los ecologistas, negó el cambio climático y puso en duda la Agenda 2030 de la ONU. Terminó con la contundente frase: «Espero que en el próximo infierno sean ellos los que ardan». Las críticas no se hicieron esperar. Esas palabras son difíciles de defender y, esta vez, casi nadie lo hizo.
Es posible que Bosé realmente crea lo que dice. También es posible que la gente confunda la rebelión con la negación, o el cuestionar el poder con negar lo que dicen las pruebas. La diferencia entre ambas cosas es difícil de ignorar: la actriz Najwa Nimri vio arder su casa desde lejos y escribió sobre su desolación con auténtico dolor, pero Bosé escribió desde un lugar diferente que suena muy distinto a la realidad de quienes lo perdieron todo.
Aun así, la gira «Important Tour» sigue adelante. En mayo de 2026 habrá conciertos en el Auditorio Nacional de Ciudad de México, en el Domo Care de Monterrey y en Tijuana. La gente está comprando entradas. Habrá público allí. Puede que, para muchos oyentes, la música y las opiniones sean cosas separadas, o puede que Bosé, con todo lo que arrastra, siga despertando algo: interés, nostalgia, desacuerdo, fervor. Eso es algo que no muchos artistas de su edad pueden hacer, para bien o para mal.
Tanto en el buen como en el mal sentido, Miguel Bosé es una figura incómoda a sus 70 años. Incómodo porque no encaja en el estereotipo del artista redimido ni en el del villano fácil. Su carrera es real, sus canciones perdurarán y cuesta entender lo que ha dicho recientemente. Todo eso convive en la misma persona con el mismo nombre. Por eso el debate sobre él sigue siendo importante, aunque parezca que se trata de dos cosas diferentes.

