Tras ascender profesionalmente a lo largo de los años, algunas personas se retiran discretamente a consejos de administración corporativos, cargos honoríficos y un plácido silencio. Guillermo Ortiz Martínez no parece encajar en este grupo. A sus 78 años, el exgobernador del Banco de México sigue publicando análisis sobre la trayectoria económica del país con una franqueza difícil de ignorar, dada su trayectoria.
En 1971, comenzó a trabajar para el gobierno federal como economista en la Secretaría de Programación y Presupuesto. Era un México muy distinto, marcado por temores y certezas particulares. Tras concluir sus estudios de economía en la UNAM, Ortiz cursó una maestría y un doctorado en Stanford; esta combinación definió un perfil característico de su generación: una formación técnica de élite con raíces en instituciones nacionales. Esto le aportó una visión del país que no era ni exclusivamente tecnocrática ni exclusivamente ideológica. O, al menos, eso es lo que parece indicar su trayectoria posterior.
El punto de inflexión más significativo de su vida pública se produjo en diciembre de 1994, cuando Ernesto Zedillo asumió la presidencia en medio de lo que se conoció como el “Error de diciembre”. Tras ocupar brevemente la titularidad de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, Ortiz fue nombrado secretario de Hacienda apenas 28 días después. El peso se había desplomado, las reservas internacionales estaban prácticamente agotadas y el país atravesaba una situación crítica. Es poco probable que alguien haya ocupado ese cargo en circunstancias más adversas.
El presidente Zedillo lo nombró gobernador del Banco de México en enero de 1998, tres años más tarde. Ocupó el cargo durante doce años, cumpliendo dos mandatos consecutivos de seis años. Durante la administración de Vicente Fox, el Congreso ratificó su continuidad para el segundo periodo. México vivió una etapa de condiciones macroeconómicas comparativamente estables, aunque persiste el debate sobre si atribuir este logro a la política monetaria o a factores externos. Es evidente que, bajo su liderazgo, el banco central fortaleció su credibilidad internacional y su independencia operativa, aspectos que no estaban garantizados en años anteriores.
Como director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, Ortiz representó a México y a otras seis naciones en el ámbito internacional. En 2009, fue nombrado presidente del Consejo de Administración del Banco de Pagos Internacionales. Asimismo, formó parte del Grupo de los Treinta, un grupo privado de economistas y exfuncionarios que influye sutilmente en los debates sobre política económica internacional. Los profesionales de las finanzas internacionales son muy conscientes de la importancia de ocupar un lugar en esa mesa, aunque no se trate de una organización que suela acaparar los titulares.

Tras dejar el Banxico, Ortiz fundó una consultora, presidió consejos de administración y escribió con frecuencia sobre política económica. Sus escritos han reflejado una creciente preocupación en los últimos años. Ha señalado que la administración de Claudia Sheinbaum utiliza estadísticas de pobreza más favorables para ocultar un deterioro más profundo de las condiciones socioeconómicas del país. Sostiene que la concentración de poder del partido Morena es la causa de las recientes rebajas en la calificación crediticia de México. Además, ha comparado —con franqueza pero con cautela— la trayectoria institucional del país con ejemplos de retroceso democrático observados en otras partes del mundo.
Resulta difícil distinguir hasta qué punto estas opiniones son fruto de un análisis estrictamente técnico o de algo más personal, como la inquietud de quien dedicó décadas a crear instituciones que ahora percibe en peligro. Probablemente se trate de una combinación de ambos factores. No obstante, cabe destacar que Guillermo Ortiz sigue alzando la voz, a diferencia de muchos otros exfuncionarios de su generación. Y este es un asunto de gran relevancia en el México actual.

