La persona que afirma saber algo y lo comparte con una sonrisa cómplice y torcida es una figura que siempre ha existido. Antiguamente, los rumores se propagaban lentamente de mercado en mercado, de rellano en rellano y de boca en boca; llegar al otro extremo del barrio llevaba días. Hoy en día, la información cruza el país en cuestión de segundos.
Esto se expresa maravillosamente en la expresión española las malas lenguas. Se trata de voces anónimas que no dejan de susurrar, que saben más de lo que deberían y que rara vez asumen la responsabilidad de sus palabras. Curiosamente, la expresión ha ganado popularidad recientemente. Ya no se limita a rumores locales; se ha convertido en tema de debate político, en titular de prensa y, desde abril de 2025, en el nombre de un programa de televisión que lleva meses entre los más vistos del canal La 2.
Gonzalo Miró, Esther Palomera y Ana Hinestrosa presentan el programa de RTVE Malas Lenguas, que ha logrado una audiencia que pocos habrían pronosticado para una cadena pública en horario de tarde. Ciertos días atrae a más de 1,5 millones de espectadores únicos, una cifra casi un 70 % superior a la media habitual del canal. El formato tiene una gran repercusión. Quizás se deba a que aborda temas de los que la gente ya habla, pero lo hace con rigor y un compromiso de verificación de datos, cualidades que escasean.
Desmentir bulos, analizar críticamente la actualidad y ofrecer un punto de vista que vaya más allá de la mera repetición de declaraciones oficiales eran los objetivos declarados del programa en sus inicios. En este sentido, la ironía del título resulta eficaz: el objetivo es hablar basándose en pruebas, mientras que el término malas lenguas suele referirse a quienes hablan sin ellas.
Sin embargo, el conflicto entre el rumor y los hechos no se limita al plató. Un ejemplo excelente es lo que ocurrió durante una emisión reciente: la periodista Marta Nebot habló sobre Ceuta, la situación migratoria y las agresiones a personas vinculadas a grupos humanitarios. «Esto no es lo que era España», afirmó rotundamente. Ceuta no era así. Aunque era una afirmación difícil de defender en teoría, ella aportó ejemplos concretos para respaldarla, citando casos en los que voluntarios de la Cruz Roja fueron atacados mientras repartían comida en las playas.
Puede que su interpretación no sea compartida por todos. De hecho, el panelista David Álvaro cuestionó si el discurso de odio era la única explicación de lo que ocurría en ese programa en particular. Hizo hincapié en las repercusiones económicas para los comerciantes de Ceuta, así como en el daño real sufrido por personas ajenas a la política. No parece un fracaso el hecho de que no lograran llegar a un acuerdo; es el tipo de cosas que deberían ocurrir con más frecuencia en televisión.
Ahí radica la diferencia entre un debate sincero y los rumores malintencionados. Mientras que lo primero busca ganar puntos, causar daño o avivar el fuego, lo segundo busca el entendimiento, aunque no siempre conduzca a una conclusión clara. Como programa, Malas Lenguas parece aspirar a esto último, a pesar de sus ocasionales deficiencias.

Desde fuera, da la impresión de que los rumores tienen actualmente demasiado peso institucional en España. Ya no hablamos de simples chismes maliciosos en el sentido convencional cuando un partido político emplea expresiones como «que los acosen» al referirse a los migrantes. Estamos hablando de rumores malintencionados que cuentan con el respaldo de escaños parlamentarios, micrófonos y millones de oyentes. Es una cuestión totalmente distinta. Nebot expuso las repercusiones concretas de esta situación.
El humor se ha utilizado durante siglos en el lenguaje popular para contrarrestar los rumores. La frase «corre el rumor de que…» sirve de advertencia para el oyente: «No sé si es verdad, pero eso es lo que dice la gente». Es, en la práctica, una señal de alerta intrínseca del propio lenguaje. Nadie imaginaba que esa misma estructura narrativa —el «dicen que…»— se convertiría en el motor de gran parte del discurso político actual.
Curiosamente, un programa de televisión con ese nombre decidió hacer justo lo contrario: confirmar, desafiar y cuestionar aquello que se da por sentado. Queda por ver si eso bastará para cambiar algo. No obstante, el hecho de que más de un millón y medio de personas estén dispuestas a verlo cada tarde demuestra que existe un deseo de entablar un tipo de diálogo diferente.

