El suelo de Kumamoto volvió a temblar el pasado martes, poco después de las 16:00 horas. No se trataba de uno de esos pequeños temblores que los niños japoneses aprenden a ignorar a medida que crecen. Era algo diferente. Cuando se siente ese tipo de sacudida, la gente suelta lo que tiene en las manos y corre a ponerse a cubierto. Mientras la gente se refugiaba debajo de sus escritorios en la redacción local de la NHK, las cámaras seguían grabando. Cuando esas imágenes se emitieron en directo, dijeron mucho más que cualquier informe oficial.
Un informe de la Agencia Meteorológica de Japón indica que el terremoto tuvo una magnitud de 7,1 en la escala de Richter, pero el Servicio Geológico de Estados Unidos afirma que fue de 6,8. Unas décimas de punto no suponen una gran diferencia en el mundo real, donde trece personas han fallecido, cientos están atrapadas y miles se han visto obligadas a abandonar sus hogares. La ciudad se enfrenta una vez más a un problema al que ya se enfrentó hace diez años.
Tiene 75 años y lleva muchos años regentando su restaurante en Yatsushiro. Las mesas se movían solas y los platos caían al suelo como si alguien los empujara. Y entonces se produjo el terremoto. Ella declaró a la BBC: «Pensé que iba a morir». No es ninguna exageración. Es simplemente lo que sintió una anciana que cenaba sola cuando el mundo a su alrededor se derrumbó durante unos segundos que le parecieron una eternidad.

Ese día se vivió una escena muy aterradora en el centro comercial Aeon Mall de Kashima. Cuando se derrumbó la segunda planta del centro comercial, unas 200 personas ya habían salido. Una hora después del terremoto, se produjo una fuerte explosión que sacudió el edificio. Durante la noche, los equipos de rescate trabajaron sin descanso. Se confirmó la muerte de dos mujeres y se encontró a una tercera entre los escombros, inmóvil. A medida que continúan las labores de búsqueda, el número de fallecidos podría seguir aumentando.
Las murallas del castillo de Kumamoto, el edificio que se ha convertido en símbolo de la fortaleza de la ciudad, sufrieron daños aún mayores. Ni siquiera se había recuperado del todo del desastre de 2016 —dos terremotos de magnitudes 6,5 y 7,3 que causaron la muerte de más de 270 personas en la zona—. Resulta muy triste ver cómo un lugar histórico del siglo XIX sigue sufriendo nuevas heridas sin haber podido curar nunca las antiguas.
La primera ministra Sanae Takaichi habló de «una carrera contra el tiempo». Había 4 600 personas trabajando para rescatar a la población en Kumamoto, a pesar de que la temperatura exterior iba a alcanzar los 35 grados centígrados. Esa frase puede sonar a palabras vacías viniendo de un político, pero describe con precisión lo que estaba ocurriendo en las calles. El Gobierno advirtió a los equipos de rescate y a las personas que aún seguían con vida que tuvieran cuidado con los golpes de calor. Es un detalle menor que no suele aparecer en las noticias, pero que muestra lo grave que se ha vuelto la situación durante una crisis.
Kanzo Matsumoto, de 73 años, regenta una posada con aguas termales en Yatsushiro. Lleva décadas acogiendo a turistas, que disfrutan de los baños de vapor y la tranquilidad del campo japonés. El martes dijo algo muy importante: «No sé si esta región podrá recuperarse de los daños». Que un hombre que ya vivió lo ocurrido en 2016 diga eso ahora demuestra lo grave que era realmente la situación, más allá de lo que muestran las cifras oficiales.
Después de eso, la estación JR de Kumamoto se llenó de gente que regresaba a casa. Los trenes Shinkansen seguían sin circular. Riko Furuta, de 23 años, tuvo que pasar la noche en su oficina porque no podía llegar a su piso. Hizo una larga cola para coger un taxi. «No pude dormir porque las réplicas continuaron toda la noche», dijo. «Dio más miedo que hace diez años». Es curioso que alguien tan joven ya pueda pensar en «hace diez años» como un momento similar a este.

