Jerez de la Frontera perdió a una persona el 27 de julio de 2026. Borja Ferrer Solavera, un centrocampista que se formó en Barcelona pero que jugó al fútbol en el sur de España, falleció tras una larga enfermedad. Tenía 44 años. La noticia se dio a conocer por primera vez en las redes sociales del Xerez CD, con ese tono triste y sombrío propio de escribir algo que nadie quiere escribir. Poco después, el Rayo Vallecano envió su propio mensaje de condolencias, confirmando lo que los aficionados y sus antiguos compañeros de equipo ya sabían.
Su nombre no aparecía cada semana en los principales periódicos deportivos. Pero, en cierto modo, eso dice mucho de él y del fútbol en general, no solo de aquel que viene acompañado de contratos millonarios y titulares en la prensa. En Segunda División B, Borja Ferrer jugó toda su carrera en pequeños estadios ante aficionados tan entregados que se sabían los nombres de todos los jugadores del equipo. Ese tipo de fútbol también es importante. A veces es incluso más importante.
Si naciste en Barcelona en 1982, Ferrer se incorporó a la cantera del Xerez CD cuando tenías 18 años. Eso fue en la temporada 2000-01. En su primer partido, jugó en casa contra el Dos Hermanas en el estadio Chapín. No debutás en el Camp Nou ni en el Bernabéu; lo haces en un campo familiar ante aficionados que conocen tu apellido. Eso es algo muy típico del fútbol de base. Y eso es importante. Esa temporada supuso su gran oportunidad, pero la que recordará es aquella en la que lograron el ascenso a Segunda División y vencieron al CD Toledo. Un jugador recordará ese momento durante el resto de su vida.

En 2003, fue cedido por el Real Madrid Castilla, algo de lo que no pueden presumir muchos jugadores de Segunda B. En el contexto del fútbol español, hay que saber lo que eso significa. Por supuesto, no es el primer equipo del Real Madrid. Pero se juega con el Real Madrid. El objetivo es entrenar en Valdebebas o en el club más famoso del mundo, aunque solo sea por una temporada. Es posible que esta experiencia haya cambiado a Ferrer de formas que nadie ajeno al club pueda comprender del todo.
Después de eso, jugó en la Ponferradina y luego en el Rayo Vallecano, donde llegó en un momento difícil para el equipo. Era la primera temporada del Rayo en Segunda B tras descender de la Segunda División tres veces seguidas. Cuando llegas a un club en ese estado y con ese ambiente, o eres valiente o tienes que hacer caso omiso del ruido. El club no se olvida de Ferrer, que jugó durante esa época. El comunicado oficial de esta semana lo corrobora: su nombre siempre formará parte de la historia del Rayo.
Siguió jugando al fútbol en el CD Alcalá, al que regresó en dos ocasiones, y en la UE Castelldefels. No fue una trayectoria lineal ni una evolución ascendente en el sentido habitual, pero sí una carrera auténtica que exigió cambios constantes, mudanzas a diferentes ciudades y entrenamientos en campos que no tenían nombre. Hay en ello una honestidad que merece ser elogiada. Se presta mucha más atención a jugadores que no son tan buenos pero que acaparan gran parte de la atención mediática.
Lo que queda es un hombre que amaba el fútbol desde lo más profundo de su ser, que ayudó al Xerez a ascender de forma histórica, que jugó en el Real Madrid (aunque solo en el equipo filial) y que dejó huella en todos los clubes en los que militó. Jerez lo echa de menos. El Rayo Vallecano lo recuerda. Eso no es fácil de conseguir ni en el fútbol ni en ningún otro deporte.
Que descanses en paz, Borjita.
