Por alguna razón, los datos oficiales no lo dejan claro. Sobre el papel, las cifras son contundentes: 77 000 hectáreas, 110 000 personas y un perímetro de 280 kilómetros. Pero cuando intentas imaginar cómo sería ver cómo tu pueblo se convierte en humo, las cifras no hacen justicia a la realidad. Eso es exactamente lo que han vivido decenas de miles de familias de la Sierra Oeste de Madrid durante los últimos cuatro días.
El incendio en las montañas de las afueras de Madrid sigue ardiendo con fuerza este lunes. Los bomberos, la Unidad Militar de Emergencias y los medios aéreos llevan cuatro noches trabajando sin descanso. Con cada amanecer, intentan avanzar contra un fuego que parece tener voluntad propia. La mayor parte de los esfuerzos se están centrando ahora en la zona cercana al embalse de San Juan, cerca de San Martín de Valdeiglesias. Allí, las llamas procedentes de Madrid se han unido a las del incendio de Burgohondo, en Ávila, formando un único frente que ya ha arrasado más de 50 000 hectáreas solo en la provincia de Ávila.
Por el momento, el viento es el enemigo más difícil de combatir. Los vientos, que alcanzan los 30 kilómetros por hora, dificultan la extinción de los incendios y mantienen a los equipos de emergencia en máxima alerta. Según Javier Armenteros, que trabaja para el Servicio Meteorológico Estatal en la Comunidad de Madrid, los próximos días no se presentan muy favorables. Las temperaturas previstas para hoy, de entre 33 y 35 grados centígrados, subirán mañana martes hasta los 36-38 grados, y el aire estará más seco que durante el fin de semana. Debido al incendio, las próximas horas podrían ser las más peligrosas hasta la fecha.

El teniente coronel Alfonso Arribas, responsable del Primer Batallón de Intervención de Emergencias de la Unidad Militar de Emergencias (UME), declaró el domingo que el trabajo realizado durante la noche había supuesto una gran diferencia a la hora de estabilizar la situación. Pero añadió una salvedad: todavía hay focos activos. La expresión «focos activos» refleja a la perfección la incertidumbre que aún rodea a toda la zona. En general, el frente de fuego está contenido. Pero no controlado. Quienes viven en los municipios evacuados saben muy bien que hay una gran diferencia entre ambas cosas.
En Madrid, más de 50 000 personas se han visto directamente afectadas. Unas 29 600 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, y otras 21 000 siguen en ellos porque así se lo han indicado los servicios de emergencia. Más de 25 000 personas han abandonado Ávila debido al peligro. Otras 5 200 personas se han trasladado a Toledo. Además, otras 16 000 personas han tenido que abandonar sus hogares en Castellón a causa del incendio de la Vall d’Uixó, que se inició el sábado y ya ha arrasado más de 4 300 hectáreas. En la siguiente reunión del Consejo de Ministros, el presidente Pedro Sánchez afirmó que todas estas zonas serán reconocidas como «gravemente afectadas por emergencias de protección civil». Esto permitirá destinar ayudas adicionales y potenciar las labores de recuperación.
La rapidez con la que se ha agravado esta crisis resulta muy llamativa. El incendio forestal en las montañas de Madrid se extendió a localidades como Zarzalejo y Navalagamella, y El Escorial se vio en peligro en cuestión de horas. Algunos municipios a los que nadie prestaba atención se vieron de repente en estado de emergencia. Colmenarejo ordenó a sus habitantes que permanecieran en sus casas. Es difícil no pensar que el factor sorpresa —la rapidez con la que el fuego cambió de dirección y ganó terreno— dificultó mucho la primera respuesta.
Y eso no es todo. Las 13 carreteras de la Comunidad de Madrid que están cerradas o tienen restricciones también dicen mucho. Durante días, la M-501, la M-507, la M-512 y otras carreteras que conectan los pueblos de montaña con la capital han estado cerradas o con el tráfico restringido. Las cifras de evacuación no reflejan del todo lo silencioso y desolado que está todo. Hay personas que no pueden acceder a sus hogares para ver cómo están. Hay empresarios que observan la situación desde la distancia. Hay agricultores que aún no saben lo que han perdido.
