Tras décadas bajo los focos, algunos actores envejecen retirándose paulatinamente de la vida pública en busca de la soledad y el anonimato. Emilio Gutiérrez Caba no es uno de ellos. Celebró su 83.º cumpleaños el 26 de septiembre de 2026 haciendo lo que siempre ha hecho: trabajar, acaparar titulares y pronunciar frases memorables. Al recoger el Premio de Honor El Ojo Crítico de RNE, declaró: «Aprovechad la vida; pasa en un abrir y cerrar de ojos». Sus palabras sonaron más a la reflexión de alguien que lo ha vivido en carne propia que a un discurso preparado.
Aunque Madrid fue siempre su verdadero hogar, nació en Valladolid en 1942, en plena posguerra española. Sus primeros años no fueron convencionales. Su madre, Irene Caba Alba, era actriz de teatro y protagonizó más de cuarenta películas; su padre, Emilio Gutiérrez Esteban, también se dedicaba a la interpretación. Por ello, en lugar de jugar en la calle como la mayoría de los niños de su barrio, el joven Emilio recorría España con las compañías teatrales de sus padres, cargando baúles de vestuario y montando decorados.
Para él, dedicarse al teatro no era realmente una elección, sino algo natural, parte de su realidad cotidiana. Como si la profesión se heredara junto con el apellido, los tres hijos —Emilio, Julia e Irene— acabaron siendo actores.
También heredó los recuerdos de una época difícil. Hace poco rememoró en una entrevista que no probó el azúcar hasta los cinco años. En 1951, probó el chocolate por primera vez en las Islas Canarias. Aunque parezcan anécdotas sin importancia, estas historias revelan mucho sobre la vida de la clase media española en la posguerra. Según Emilio, su madre trabajaba en un entorno hostil, primero en el Teatro Lara y más tarde en la compañía del Teatro Infanta Isabel. Tras la Guerra Civil, los estudios cinematográficos de Madrid habían sido desmantelados; escaseaban los recursos y las jornadas laborales eran extenuantes.
El hecho de que siguieran dedicándose a la interpretación a pesar de tales obstáculos dice mucho del carácter de la familia. Con el tiempo, Emilio consolidó una trayectoria sólida y reconocida en el cine y la televisión, acumulando más de cincuenta años de carrera y tres premios Goya. Siguió actuando en la obra Galdós enamorado en 2026, a los 83 años, hasta que una caída en febrero requirió atención médica. Cuando se trata de alguien de su edad, noticias de este tipo suelen despertar en el público una especie de alarma silenciosa. Sin embargo, él siguió adelante.
Pero ni un papel ni un premio fueron lo más comentado de su vida reciente. El asunto giraba en torno a un piso en el barrio madrileño de Chamberí y una batalla legal de más de cuatro años. Mühl Medina, su expareja, había ocupado la vivienda durante veinte años. Ella sostenía que, durante los diez años que estuvieron juntos, Emilio se la había cedido verbalmente. Él, por su parte, afirmaba que la casa siempre había estado legalmente a su nombre y que no existía documentación alguna que acreditara tal donación.
En septiembre de 2026 se alcanzó un acuerdo. Alegando motivos de salud como razón principal para poner fin al litigio, Medina abandonó el piso sin recibir dinero alguno. Tras salir de los juzgados de Plaza de Castilla, declaró que se marchaba al “exilio” y que tenía intención de trasladarse a Francia, afirmando: “España me aburre mucho”. Emilio había enviado a un representante al juzgado en su lugar. No se mostró eufórico al hablar del asunto. No se trata de una derrota ni de un triunfo sobre nadie. “Es simplemente la vida”, dijo. Resulta difícil pasar por alto lo que añadió: “Cuatro años y tres meses de mi vida. Nunca lo olvidaré”.
Hay algo en esa frase que resume la personalidad de este hombre. No busca el drama ni exagera, pero tampoco resta importancia a sus vivencias. A sus ochenta y tres años, Emilio Gutiérrez Caba sigue siendo, ante todo, un hombre presente, a pesar de contar con tres premios Goya, una familia volcada en el teatro, décadas de oficio y una reciente batalla legal a sus espaldas. Siempre que puede, está sobre el escenario. Cuando la vida le sitúa ahí, ocupa las noticias. Y siempre con la sensación persistente de que aún tiene más que decir.

