Hay pueblos que llevan existiendo cientos de años, pero de los que nadie fuera de su zona ha oído hablar jamás. Hasta hace unos días, San Martín de Valdeiglesias era uno de ellos. Un pueblo tranquilo al suroeste de Madrid, muy conocido entre los madrileños que buscan escapar del calor del verano, los amantes del vino de la zona y quienes llevan décadas amarrando sus barcos en el embalse de San Juan. Entonces llegó el incendio.
El 23 de julio, en el kilómetro 57 de la carretera M-501, a la entrada del municipio, se incendió un coche. Ese fue el comienzo de todo. El fuego se propagó rápidamente por la ladera y, en tan solo unas horas, lo que parecía un pequeño accidente se convirtió en una emergencia que requirió la intervención de 16 medios aéreos y terrestres de los cuerpos de bomberos y de protección forestal de la Comunidad de Madrid. Ver esto te hace pensar en cuántas veces la historia de un lugar cambia por algo tan sencillo como un motor averiado en pleno verano.
El incendio comenzó el jueves por la tarde y, en pocas horas, uno de sus frentes había cruzado el embalse de San Juan y se dirigía hacia el nacimiento del río Cofío, que desemboca en el Alberche. El hecho de que el fuego atravesara el agua nos permite comprender realmente la gravedad de la situación. El embalse de San Juan no es un simple charco; es una masa de agua que en verano atrae a decenas de miles de personas. Desde la orilla, verlo rodeado de humo y con llamas al otro lado debió de parecer casi imposible.

Cuando el incendio se extendió a las instalaciones de la presa y destruyó el edificio de administración, la Confederación Hidrográfica del Tajo puso en marcha su plan de emergencia. La integridad estructural de la presa se mantuvo intacta, pero se prestó mayor atención a las infraestructuras. Dicho esto, es un alivio. El edificio quedó destruido, pero la presa se mantuvo firme.
El suelo seguía en llamas días después. Las cenizas ardían a los pies de los pinos y en las copas de los árboles había pequeños focos activos. Era demasiado peligroso caminar por el bosque sin mascarilla debido a lo denso que era el humo. Esa imagen de un bosque que sigue ardiendo por dentro aunque las llamas ya no estén presentes podría ser la mejor forma de describir lo que ocurrió en esta zona de la Sierra Oeste en el verano de 2026.
Una mujer llamada Marta Oprea esperaba al borde de la carretera, junto a una gasolinera cerrada. Estaba apoyada contra la pared con su marido y su hijo. Llevaban días alojándose en refugios de emergencia y viajando en su furgoneta. Dijo en voz baja: «Parte de nuestra casa se ha quemado y seguimos aquí, en la calle, esperando noticias». Esa calma ante algo que no se puede arreglar es más poderosa que cualquier grito. Es la calma de alguien que ya no tiene fuerzas para estar triste.
Aun así, San Martín de Valdeiglesias es más que solo julio de 2026. Durante cientos de años, este pueblo ha sido testigo de acontecimientos mucho más importantes que él mismo. El castillo de La Coracera es el edificio más famoso de la localidad. Fue construido en 1434 por el favorito del rey Juan II de Castilla, don Álvaro de Luna, quien compró la finca por 30 000 maravedíes. Se dice que la propia reina Isabel I pasó por aquí tras ser nombrada heredera de Castilla. Es interesante pensar en ello: un pequeño pueblo en las montañas con tanta historia entre sus muros.
El castillo fue reconstruido tras ser destruido por las guerras, pasar de mano en mano entre la nobleza y quedar abandonado en el siglo XIX. Ahora alberga una oficina de turismo y una tienda de vinos. Este cambio podría decirnos algo sobre cómo los pueblos aprenden a mantenerse vivos: transformando lo que solían ser en algo que la gente puede permitirse hoy en día. Antes del incendio, los sábados y domingos a las 11 de la mañana salían visitas guiadas desde la Plaza Real.
Valdeiglesias, que significa «valle de iglesias», es el origen del nombre de la localidad. Antiguamente contaba con numerosas ermitas. Seis de ellas siguen en pie. Como suele ocurrir con las iglesias rurales españolas, el interior de la iglesia de San Martín de Obispo es más amplio de lo que parece desde fuera. La cúpula central mide siete metros de altura, lo cual resulta un poco sorprendente. En el casco antiguo aún se pueden ver ventanas con dinteles de piedra y casas con escudos heráldicos que no han cambiado en cientos de años. En algunas calles puede dar la sensación de que el tiempo no se ha detenido realmente, sino que simplemente ha transcurrido de otra manera.
Los viñedos son muy importantes para la economía del pueblo. Las bodegas de San Martín llevan años trabajando duro para dar a conocer sus marcas más allá de las montañas, y sus vinos son conocidos en la Comunidad de Madrid. El castillo medieval, los viñedos, el lago y el tranquilo pueblo se unen para hacer de San Martín ese tipo de lugar que los turistas descubren por casualidad y al que luego vuelven. O ese lugar al que desean volver.
La población de toda la región estuvo en alerta máxima durante los días que duró el incendio.

